Gr.

30 marzo 11

La ventana está abierta. Una luna gigante se ríe tintineando, como un cascabel de plata su luz difumina los contornos de la habitación. En tu cama, mi cuerpo. Las sábanas no alcanzan a cubrir del todo mi espalda, extiendo la mano y tu hueco está caliente. Te has levantado, no sé muy bien para qué, y ahora vienes a buscarme. Cierro los ojos y te acercas por detrás, sentándote en el borde de la cama, pero yo eso no puedo saberlo. Tus manos entran en contacto conmigo, de momento es lo único que sé. Me retiras el pelo de la nuca, y un escalofrío me recorre la espalda al tiempo que lo hace tu dedo. Topas con la sábana y me destapas, para después agarrarme por la cintura. El aire deja de rozar mi piel, para darte vía libre, y empiezas a besarme el cuello. Cada contacto de tus labios me va preparando para lo que viene después. Mis manos se aferran a la sábana, y pugno por estarme quieta. Ahora tu lengua juega a desquiciarme. Con un movimiento más estoy en jaque. Siento tu mano bajar por mi espalda, preparar el terreno, mientras tu boca se queda quieta a dos milímetros de mi oído. No sé si jadeas tú o soy yo, realmente me da igual, porque en cuanto tu mano llegue a su destino no me quedará otra que gemir mordiéndome el labio y pedirte ente susurros: ‘fóllame’.

 

 

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