Torturada. I

10 marzo 11

Voy caminando por la calle. Es de noche, las farolas alumbran la acera pero cada esquina está sumida en la oscuridad. Sólo escucho mis pasos, retumbando en el desierto. Y cuando estoy a punto de entrar en casa cuatro hombres con pasamontañas salen del portal de al lado y me acorralan. Se miran entre ellos y asienten, apresándome entre dos. Yo no sé qué ocurre, aunque todo estaba dicho. Un coche se acerca lentamente sobre el asfalto y salen cuatro personas más. Armadas. Alcanzo a ver cómo recogen las llaves que se me habían caído al suelo antes de que me pongan una bolsa en la cabeza y me metan a empujones en el asiento trasero. Escucho la puerta de mi casa, los gritos dentro, y el motor arrancando. Yo me intento quitar la bolsa, entonces me maniatan, a base de ostias. Un golpe en la sien me hace perder el conocimiento.

Cuando me recobro, procuro no moverme. Los escucho hablar. Uno de ellos está diciendo que él va a ser el primero, que no me toquen la cara antes de entrar a comisaría. Se descojona diciendo que a su jefe le gustan jovencitas. Intento mascullar algo en respuesta, y noto una mano que me aferra por la cintura, una garra que rebusca en la camiseta y me arranca el sujetador. El tirón me hace gritar, y los cerdos aún se ríen más. Siento una fuerte respiración cerca de la oreja, y una voz que me insulta: ‘puta’, ‘roja de mierda’, ‘guarra’, ‘te mereces esto y más’, ‘te vamos a dar lo tuyo, comunista asquerosa’. Me pellizca el antebrazo, y lo retuerce hasta que grito de dolor. Más risas. Creo que me ha dado un bajón de tensión, porque lo siguiente que recuerdo es cómo me sacan a rastras del coche. Huele a garaje, a aceite y gasolina. Me cogen entre dos y me empujan hacia delante. Yo ando, intentando respirar a través de la mordaza. No me quitan la bolsa. Abren una puerta, pasamos y la cierran. No se oye mucha cosa, algún murmullo lejano. Hace frío. Paramos, alguien aparece, una mujer. Tendrá unos cincuenta años, quizá menos. Se ríen entre ellos y seguimos andando.

Al fin se abre una puerta, me lanzan dentro y me quitan la bolsa. Es un cuarto pequeño, sólo hormigón. Hay un par de sillas, y una bombilla. Los dos hombres que me agarraban casi me levantan en el aire. Entra la mujer con una caja en las manos y me dice que me desnude. Pienso que cómo me voy a desnudar si estoy atada. Pronto comprendo que sólo lo hace para reírse de mí, ya que los dos gorilas empiezan a arrancarme la ropa y a meter en la caja de la mujer todo lo que llevaba encima. Veo sangre en la camiseta, supongo que será de los golpes en la cara. Hace bastante frío, pero sé que no puedo quejarme. Me quedo en el suelo, tras arrastrarme hasta la pared. Me echan un último vistazo y se marchan, cerrando la puerta y echando al menos dos llaves, por lo que puedo oír.

Tengo las manos atadas a la espalda, así que intento pasarlas delante. Tras mucho insistir lo consigo, ya me están lacerando las bridas en las muñecas. Lo peor es la mordaza de la boca. Siento cómo se me agrietan los labios, el sabor de la sangre. Creo que puedo arrancármela, pero es inútil. Lo único que consigo es aflojarla lo justo para despejar un poco la nariz y poder respirar en condiciones. Me centro en los golpes: la cara, excepto la boca y la nariz, parece intacta; siento un dolor intenso en la sien, y también en el brazo. Llevo la espalda magullada de los empujones, y me tiemblan las piernas. Sé que a partir de ahora todo va a ir a peor. Intento no pensar en cuánta gente más habrán traído a estos cuartos, camaradas que estaban conmigo en la manifestación. Intento no pensar en mi casa, que seguramente hayan puesto patas arriba buscando mierda con la que incriminarme. Aunque no la hubiera daría igual, ellos se la inventarían y la harían aparecer como mía. Barro la estancia con la mirada. En una esquina hay manchas de algo que podría ser sangre. En el respaldo de una de las sillas también. No sé aún a qué recurrirán conmigo, pero les hará falta reventarme viva para sacarme algo. Voy a intentar descansar un poco, espero que no se funda la bombilla.

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