Tu voz.

11 febrero 11

Me gustó oír tu voz. En verdad no lo recuerdo, pero sé que me gustó. Sí que recuerdo, por rutina, la nube de humo que me envolvía aquellas tardes de invierno, primavera, verano, otoño. Daba igual, ahí estaba yo dando por culo. Hasta que ya no fui más. Hacía tiempo que no me ocurría, eso de pensar en mí como esa chica oscura y cubierta de cenizas que se cerraba en banda y se abría los sesos. No me gusta ver esa imagen de la sangre, tan jodidamente roja, abriendo canales entre las palabras que escribía. Lo cierto es que me cuesta incluso ubicar el tiempo en que dejé de ser. Así, sin más. Todo era blanco, o negro, y mis ojos no alcanzaban a ver más allá de las esposas que yo misma me ponía. Masoquista. No, asqueroso. Me da terror decirlo, porque en el fondo no tengo nada que me sujete. Sólo una fe inamovible, la creencia de que todo acabará bien, porque si no me derrumbaría. Pero empiezo a recordar. Las palabras hieren más que el acero, el miedo hiere más que las espadas. Acabo dejándolo a un lado. Es difícil desenterrar un cadáver del que pensabas que sólo quedarían huesos, y ver que los gusanos siguen comiendo, hartándose de tanta gilipollez.

Había empezado hablando de otra cosa. No importa, porque aunque yo no recuerde tu voz tú sí que recuerdas la mía.

Me han dicho tantas veces que estoy loca que ya no sé qué pensar.

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