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2 mayo 10

Hay tantas Equis como vidas anónimas.

Seguro que conoces alguna.


Equis abrió los ojos. Mientras se retiraba el pelo de la cara, miró el reloj. 06:45. Cuando se giró en la cama para desperezarse, notó que su marido ya se había marchado. Entre bostezos, se levantó, buscó a tientas las zapatillas de andar por casa y se echó la bata sobre los hombros. Al subir la persiana, vio que el cielo prometía un día oscuro, casi plomizo. Reprimió un escalofrío y salió del cuarto, dirección cocina. A mitad del pasillo empujó la puerta entreabierta de la habitación de su hijo. Comprobó que seguía durmiendo a pierna suelta. Arrebujada en la bata -regalo de cumpleaños de su hermana hacía ya un par de años-, llegó a la cocina, encendió el pequeño televisor, puso las noticias y comenzó a preparar el café. Mientras iba despertando poco a poco, sentía el silencio que reinaba en el bloque. Seguramente, la vecina del cuarto ya habría vuelto a casa, después del turno de noche. Y el marido de la del séptimo habría salido junto al suyo, para no perder el autobús del trabajo. Sacó la leche de la nevera, y la calentó en el microondas, que iba perdiendo potencia con los años. Volvió la vista hacia el televisor, y comprobó que ese fin de semana había habido trece muertos en las carreteras, coincidiendo con días festivos en algunas partes del país. Además, los mandamases se iban a reunir en algún país del norte para hablar del estado internacional de la economía. “Aquí tendríais que venir a hablarme de economía”, pensó Equis. “Ya os iba a enseñar yo a cuadrar las cuentas para llegar a fin de mes.” Mientras ponía pan de molde en la tostadora oyó que daban el parte del tiempo. Escrutó el mapa de las isobaras, y tuvo la sensación de que se les acercaba una borrasca desde el norte, cosa que no le hacía ninguna gracia. “Con el buen tiempo que venía haciendo… Ya me veo sacando las mantas para toda la familia”, pensó.

Eran ya las 07:15: tenía que llamar a su hijo. Cada curso más pronto, siempre con la excusa de que si no se le pegaban las sábanas y no amanecía. Pero en realidad, Equis necesitaba compañía a esas horas. Su marido llevaba toda la vida trabajando en la cadena de montaje de una importante multinacional, y apenas se veían por las mañanas. Su hija mayor estaba estudiando en el extranjero, con unas becas del Ministerio de Educación. Y a ella la habían despedido hacía año y medio. Trabajaba como recepcionista en una fábrica del polígono industrial de la periferia. Llevaba más de veinticinco años trabajando allí, se conocía a todo el mundo, y todo el mundo sabía que Equis era una persona comprometida, responsable y trabajadora. Era por eso que había entrado como delegada sindical en el Comité de Empresa. Y ella consideraba que lo había hecho bien: año tras año había negociado duramente las condiciones laborales de sus compañeros, haciendo todo lo posible para que los convenios resultasen a favor de los trabajadores. Sin embargo, un buen día el jefe la llamó a su despacho. Le dio los buenos días, le puso el finiquito delante de los morros y, sin tan siquiera ofrecerle tomar asiento, la despidió. “Ya no eres necesaria en nuestro proyecto, necesitamos nuevas caras, sangre joven”, le dijo. Sonriendo añadió: “Vuelve cuando quieras a recoger tus cosas.” A los dos días, cuando entró por la puerta ya como mera visitante, encontró en su antiguo puesto de trabajo a una veinteañera despampanante, con un traje de chaqueta demasiado escotado. Estaba flirteando con uno de los directivos, y cuando la vieron entrar ni siquiera se inmutaron. Equis recogió sus cosas, y se marchó una vez se hubo despedido de sus ex compañeros. Y ahora estaba allí, cobrando el paro, preparándole el desayuno a su hijo.

*

El adolescente entró en la cocina, con el pelo mojado y los ojos legañosos. Equis le dijo que se secase el pelo inmediatamente, y que hiciese el favor de lavarse la cara. El chaval salió de la cocina de nuevo, tan dormido que no tenía fuerzas ni para discutir. Cuando volvió, su madre ya le tenía preparado el Cola Cao y unas tostadas con mermelada. Había llegado a tiempo para ver la información deportiva, y allí se quedó, ensimismado mientras Equis iba a su habitación para abrir las ventanas y ventilar un poco. El chico entró, y Equis le instó a hacerse la cama antes de marcharse al instituto. “Ahora la hago mamá, no seas pelma…”, respondió el joven, sacándola de la habitación y cerrando la puerta. Equis salió al pasillo, y se quedó mirando la puerta cerrada como una boba, como esperando que su hijo saliese y le diese un abrazo. Aún conservaba la esperanza de que se le pasase pronto la edad del pavo, y se volviese responsable, y no saliese hasta las tantas con sus amigos, y dejase el ordenador en paz, y comiese más verdura y menos pizzas, y se buscase una chica, o un chico, o lo que fuese, pero que se centrase de una vez por todas. Sin embargo, desistió; cuando llegase el momento, su hijo la avisaría silenciosamente, todo requiere tiempo. Así que volvió a la cocina, recogió los vasos y limpió el hule. Apagó el televisor y se llevó a su cuarto el pequeño transistor que habían comprado hacía un par de meses. Minutos más tarde oyó despedirse a su hijo. “Adiós, hijo mío”, pensó. “Ten cuidado.”

Equis ya había perdido un hijo, y no quería ni imaginarse perder otro. Todo ocurrió hacía ya mucho; tanto que incluso a ella le sorprendía que el dolor siguiese azuzándola cada noche al irse a dormir. Poco antes de empezar a trabajar tuvieron su primer hijo. Era un niño precioso, el embarazo había ido fenomenal y Equis realmente deseaba cuidar a ese pequeño, ser una madre ejemplar, tras haber jurado y perjurado cuando era más joven que no iba a tener hijos. Sin embargo, las cosas se truncaron. Al pequeño le detectaron un tumor maligno en el hígado al poco de nacer, y aunque intentaron remediarlo de todas las formas posibles, un día de revisión los médicos les informaron de que se había producido una metástasis y el cáncer había afectado a varios órganos vitales. Era tan pequeño… No soportó el tratamiento, y a los quince meses murió. Equis no había sufrido tanto en la vida como el día en que les informaron de que ya no volvería a ver a su niño, que ya no lo sostendría jamás en brazos, que se había ido para no volver. Unos años después, nació su hija, y los primeros meses de su vida fue la niña más protegida del mundo. Equis pidió la baja por maternidad, y se dedicó a contemplar a su pequeña día y noche, durante meses. Descuidó a su marido, descuidó la casa, descuidó a sus amistades. El terror a perder a su preciosa y vulnerable niña la atenazaba, y dejó de comer, de arreglarse, de salir; sólo se sentaba en la mecedora, junto a la cunita, y miraba a la pequeña. Hasta que un día su marido entró en el cuarto, subió las persianas, y se colocó delante de Equis. La miró a los ojos y le dio la mano. Salieron juntos de la habitación, él la llevo al baño, la duchó y le secó el pelo. Él le enseñó el jersey que le había comprado, la ayudó a ponerse los pantalones y fueron al cuarto de estar, donde pusieron música, y bailaron juntos, lentamente, agarrados. Equis volvió en sí, había sufrido mucho aquel tiempo, pero no había pensado que su marido también había perdido un hijo. Así que tornó a ser la que era, una mujer llena de energía, de vitalidad, capaz de llevar a cabo lo que se propusiese y siempre con una sonrisa en la boca. Y ahora, con sus cincuenta años, intentaba seguir como siempre. Al fin y al cabo, no lo había hecho tan mal.

*

Equis seguía trajinando de aquí para allá, con la radio de fondo. Ya había hecho su cama y había fregado el suelo de su cuarto. Se acercó a la habitación de su hijo, y comprobó con sorpresa que se había hecho la cama. Tal vez se equivocaba y el chico estaba madurando. Se sintió llena de ilusión y siguió a lo suyo. Cerró la ventana, y vio que empezaba a llover. Decidió bajar a comprar antes de que se pusiese todo perdido de agua. Se puso el chubasquero y cogió el paraguas, no sin antes recoger la bolsa de tela que le había regalado su hija. “Para que no gastes en bolsas de plástico, mamá”, le había dicho. “Este planeta es el único que tenemos, y todos podemos hacer algo para no cargárnoslo.” La verdad es que ella no entendía mucho de aquello del cambio climático, pero usaba la bolsa, le hacía pensar en su hija. El bloque ya había despertado, y la señora mayor del primero bajaba a pasear al perro. Equis sabía que, por alguna extraña razón, prefería pasearlo bajo la lluvia. La saludó cuando se montó en el ascensor, y hablaron, como no, del tiempo que se avecinaba. Al salir del portal vio a tres o cuatro chicas jóvenes, más o menos de la edad de su hijo. Parecían haber hecho novillos, y acabarían caladas si la lluvia persistía. Pero siguió caminando hacia el supermercado. Hizo la compra, tras haberse encontrado con una joven que trabajaba en la peluquería a la que solía ir, y se marchó de nuevo a casa. Las chicas de antes ya no estaban. Equis se encogió de hombros y subió a su casa.

Nada más traspasar la puerta, sonó el teléfono. Fue buscándolo por toda la casa: maldita la hora en que se les había ocurrido comprar un inalámbrico. Al fin, lo encontró debajo de un cojín, en el salón.

– ¿Diga?

– ¿Mamá?

– ¡Hola, cariño! ¿Qué tal estás? Me has pillado entrando en casa, que vengo de comprar.

– Pues menos mal que te encuentro. Oye, no tengo mucho tiempo, llamaba para avisar de que este fin de semana voy para allá ¿vale?

– ¡Qué bien, hija mía! Se lo diré a tu padre, a ver si libra el sábado y podemos salir a cenar todos juntos, ¿te parece?

– Pues bien, cómo me va a parecer, para algo voy. Oye, ¿qué tal papá? He estado mirando por Internet y parece que hay problemas en la fábrica.

– Bueno, ya hablaremos de eso cuando estés aquí ¿vale? De todas maneras no te preocupes, que todo se arreglará.

– De acuerdo. Dale un beso a papá y una colleja al canijo de mi parte. Tengo que colgar, que llegaré tarde a clase.

– Adiós, hija mía, que vaya muy bien. Abrígate y ten cuidado por esos sitios que vas, no sea que te pase algo.

– Vale, mamá, ya sabes que soy responsable… Un beso ¿vale? Prepárame la habitación, ¡adiós!

– ¡Adiós cariño! ¡Ten cuidado!

Pero ya había colgado.

*

Ese sábado fueron todos a cenar. Equis y su marido habían ido a buscar a su hija al aeropuerto. Casi se vuelven locos buscando la puerta por donde llegaría la joven, con un retraso de casi media hora a causa del mal tiempo. Pero llegó, y tras dejar las maletas en casa, acudieron a un restaurante del centro. El hijo pequeño llegaría más tarde, había quedado antes con unos amigos para ir a dar una vuelta. Una vez llegó, pidieron la cena. Mientras se la servían, hablaron de las notas del muchacho, de cómo había cambiado la ciudad, y de qué hacía la joven, de sus proyectos y su beca. Ella les contó que estaba en un equipo de investigación, y les empezó a hablar sobre cristales, y refracciones, y quién sabe qué cosas más. Sus padres acabaron convencidos de que lo que hacía era muy interesante para el que lo comprendiese, y así pasaron a hablar de la situación en la fábrica. Las cosas estaban cada vez peor. La situación económica era pésima, y la empresa se proponía aprovechar la coyuntura para abrir un Expediente de Regulación de Empleo. El marido de Equis era uno de los que podían verse afectados por los despidos masivos, puesto que ya era mayor y podían prejubilarlo. Si eso ocurría, la situación familiar se agravaría, y tenían que esperar que el gobierno no permitiese a la empresa llevar a cabo el ERE. Sin embargo, todo era incierto, y Equis empezó a hablar de sus años como sindicalista, de sus experiencias, de cómo puedes arruinarles la vida a una persona si la dejas en la calle. Pero qué les iba a contar, si ellos lo sabían perfectamente. Sin embargo, para muchos compañeros de su marido la época del sindicalismo estaba acabada. Los empresarios eran demasiado poderosos, y los obreros demasiado débiles. Eran los trabajadores los que debían mantener a flote una familia, los que no podían permitirse perder su trabajo por protestar contra el patrón. Poco a poco fueron cambiando de tema, hasta que pagaron la cuenta y se marcharon a casa.

La chica estaba cansada por el viaje, así que al poco rato se fue a dormir. El chico había salido esa noche, tras la cena, y no sabían cuando volvería. Equis se quedó en el sofá con su marido. Con la cabeza recostada en su hombro, le acariciaba la mano mientras veían una película antigua. De pronto, su marido la miró, y le dijo que tenía miedo. No sabía lo que podía pasar. No quería arriesgarse a no poder mantener a su familia. Equis tomó su cara entre las manos, y, tras mirarlo un instante a lo más profundo de los ojos, lo abrazó, sintiendo que se derrumbaba. “Todo saldrá bien”, musitaba ella. “Todo saldrá bien.” Poco más tarde, su marido también se acostó, y ella se quedó escuchando música con el volumen muy bajito. Miraba los libros de las estanterías, y se imaginaba a los grandes escritores afanados en crear sus obras de arte, personajes extraordinarios a los que ella no podía hacer sombra. Cogió uno y se recostó en el sofá. “¿Quién escribirá mi historia?”, se preguntaba. “¿A quién puede interesarle lo que haga una mujer de cincuenta años, en paro, con hijos? No lo he hecho mal, pero tampoco genial. Hay demasiada gente como yo en el mundo…”

*

Hacia las tres de la mañana, el hijo menor de Equis entraba en casa, completamente sobrio, y sabiendo que a la mañana siguiente debía levantarse para estudiar. Vio un bulto en el sofá, y se acercó. Era su madre, que se había dormido con el Quijote en los brazos. Se lo quitó suavemente y la tapó con una manta. “Ánimo mamá, que no lo haces tan mal.”

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