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19 septiembre 09

Los seres humanos vivimos con miedo. Afirmación correcta, pero demasiado genérica: hay que concretar. Puedo tener miedo a algo, y ese algo puede ser desde una araña a un payaso, pasando por el miedo a las alturas, a la oscuridad o a la pérdida de un ser querido. Sin embargo, todo aquello a lo que tememos tiene una característica en común: su sola evocación nos causa un dolor intenso e indescriptible, la angustia exacerbada que paraliza nuestra mente. Por tanto, corrijamos la afirmación inicial con sólo un apéndice que concrete la correlación: los seres humanos vivimos con miedo al dolor.

Tal vez sadomasoquismo, tal vez curiosidad. Lo que está claro es que este tema es una apasionante profundización en el subconsciente humano, y, precisamente por ello, el miedo al dolor (como consecuencia concreta del miedo general) ha sido utilizado en aras del poder y la dominación. No hay arma más eficaz que aquella que destruye desde el interior, que mina el subconsciente y hace aflorar los instintos más salvajes en pos de la supervivencia. Mezcla de sadomasoquismo y curiosidad, he aquí mi interés por el tema.

Tras la toma de conciencia y adquisición de una visión propia de la realidad, me he planteado muchas veces la siguiente pregunta: ¿ha llegado el momento de que seamos conscientes del miedo al dolor y podamos afrontarlo de manera racional? Para contestar a esta pregunta hay qué saber qué es el miedo al dolor, de dónde proviene, cómo nos comportamos ante él, quién lo alimenta y cuándo podemos llegar a plantearnos la verdad sobre el miedo.

Como antes he dicho, el miedo al dolor (Miedo: definido por la RAE como “1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.”; Dolor: definido por el María Moliner como “Sentimiento causado por un desengaño o un mal trato moral recibido(…)”) –tomadas ambas definiciones desde el punto de vista anímico-, sería la perturbación angustiosa del ánimo por el riesgo de sentir un desengaño o un mal trato moral, siendo estos contrarios a la voluntad de la persona. Como definición teórica vale, pero la adjetivación asignada al miedo y al dolor se entrelaza creando puentes entre ambas acepciones, lo que da lugar a un universo en que cada astro tendría asignada una palabra: horroroso, terrorífico, angustioso, asfixiante, opresivo, perturbador, torturador, sofocante, terrible, sobrecogedor, atroz, aterrador, duro, cruel, temible, desgarrador, amargo, lacerante. Es evidente que la enumeración anterior nos provoca una desazón significativa, que muestra el tamaño de la importancia del miedo al dolor en nuestra vida.

Sin embargo, hay que profundizar en el origen y el desarrollo del miedo al dolor para poder llegar a una conclusión, así que voy a plantear ciertas líneas de seguimiento enlazadas, para hacer más fácil la comprensión. En primer lugar, hay que saber de dónde sale este miedo cerval a pasarlo mal y cuál es nuestra reacción ante él. Esto nos llevará a comprender quién alimenta ese miedo, enfrascados una vez más en la locura del sistema actual. Por último hablaré de qué ocurre cuando nos vemos obligados a hacer frente a este miedo, y con ello conseguiré responder a la pregunta inicial.

El miedo en general, y por tanto el aterrador miedo al dolor, es inherente al ser humano, es decir, lo acompaña desde su nacimiento, es una característica propia e innata del hombre. Sin embargo, para llegar a ser miedo, este sentimiento ha de traspasar el umbral de lo irracional. Parece fácil afirmar esto, si sabemos que el miedo nos vuelve totalmente irracionales conforme a las reglas sociales. Pero podemos afirmarlo si estudiamos la evolución de manera correcta. Es común a todos los animales el instinto de supervivencia: es aquello que nos hace reaccionar en casos extremos frente al enemigo potencial. Este instinto es natural e irracional, propio tanto de perros y orcas como de seres humanos. No obstante, el instinto de supervivencia aplicado al ser humano ha llegado a ser algo superior, conservando su esencia pero siendo acompañado por los procesos que nos han convertido en lo que ahora somos: la hominización y la humanización. Gracias a la evolución, tanto biológica como sociocultural, el instinto de supervivencia, basado en la reacción espontánea frente a un esquema de peligro, se ha convertido en el miedo, una relación de esquemas presente en nuestra memoria y con un significado propio en cada individuo. De esta manera, el miedo es una constante, y no necesita de la representación física real del objeto de temor, sino que la mera evocación del objeto gracias a la capacidad memorística cerebral hace que activemos nuestros instintos primarios. Existe, por tanto una relación entre el instinto y el miedo, siendo el primero (en el caso humano) consecuencia del segundo. Y, como he señalado al comienzo, el miedo en general puede traducirse en el miedo al dolor de forma natural.

Tenemos ya el origen del miedo al dolor, pasemos ahora a analizar cómo reaccionamos ante él. Imaginemos que, de repente, nos quedamos encerrados en una habitación cuya única salida (una puerta de cristal) está cerrada. Instintivamente, nos ponemos nerviosos, puesto que, conociendo nuestra situación, a primera vista no encontramos solución al problema. Entonces reaccionamos de acuerdo al instinto de supervivencia, es decir, haciendo lo primero que se nos ocurre: lanzar sillas a las paredes o golpear la puerta. Conforme va avanzando el tiempo, entramos en un estado de ansia controlada, muchas veces provocada por el cansancio. Esto nos hace empezar a ser conscientes de nuestra realidad en ese momento, analizando lo que hay a nuestro alrededor y sopesando las opciones. Es aquí cuando determinamos lo mejor para salir de la habitación, y procedemos de manera racional. ¿Qué hacemos? Romper el cristal de la puerta y abrir por fuera.

Lo anterior es un mero ejemplo para formular una reacción genérica ante una situación que nos causa miedo. Ahora establezcámosla de manera científica. Cuando un sujeto se encuentra en una situación problemática y sin aparente solución, entra en estado de shock motivado por el pánico que le causa. Aquí entra en juego el instinto de supervivencia que, con un análisis superficial de la situación, intenta alcanzar la solución. Es casi seguro que no lo logra, de modo que, conforme se desarrollan los hechos, el sujeto entra en un estado de ansia controlada, inducida la mayoría de las veces por el cansancio físico y mental al que se ve sometido. Es en este momento en el que se activa el miedo racional, que, sin dejar de provocar pánico, le permite establecer relaciones esquemáticas con situaciones anteriores mediante la memoria; de esta manera el sujeto realiza un análisis profundo de la situación, conociendo lo que hay a su alrededor y sopesando las opciones disponibles. Por fin el sujeto determina la solución al problema y la lleva a cabo. Así es como reaccionamos ante el miedo, ante aquello que nos causa dolor.

Seguro que mientras leías lo anterior te has planteado tu propio miedo y le has aplicado la fórmula genérica. Y seguro que ha acertado. Eso es lo que tiene de aterrador el miedo: es igualitario, es la antesala de la muerte, que ha de llegar a todos. Sin embargo, lo también aterrador es lo vulnerables que nos volvemos frente al miedo: mientras los lobos o las arañas pueden usar sus armas naturales como reacción instintiva, nuestra única arma es el cerebro, y nuestra condición de seres racionales nos bloquea y paraliza momentáneamente, lo cual impide una reacción instintiva adecuada. Esto nos hace buscar una protección frente a lo que nos causa dolor, pues el miedo nos paraliza y preferimos, como es natural, vivir protegidos de él. El problema radica en que la sociedad actual ha pervertido esta búsqueda de protección; veamos por qué.

La humanidad en general está articulada por jerarquías. Jefes de tribus, líderes religiosos, presidentes, dictadores, patrones, reyes. Así es como se estructura la sociedad: dos clases, la dominadora y la dominada. Siempre ha sido así, no tiene por qué cambiar. Es más, no quieren que cambie. No les interesa. Es por ello que las clases dominadoras han de perpetuar su situación, y lo hacen de una manera muy curiosa: aterrorizando y protegiendo simultáneamente. Voy a exponer por partes la teoría, pues puede resultar complicado de asimilar si se hace de una sola vez. Primero expondré qué es, dentro de la razón humana, lo que nos causa dolor. Luego explicaré cómo hace la clase dominante para anular ese dolor.

La persona, tal y como la define Kant, está condicionada por su capacidad de ser libre, de poder elegir mediante su autonomía y su razón. Ser persona es, pues, ser libre. Dividimos al ser humano entre personas y no personas, los que son libres y los que no. Según mi punto de vista, ser libre es buscar la propia verdad, la realidad de cada uno, mediante el pensamiento, la conciencia, las emociones… la lucha moral individual en definitiva. “Sorprendentemente”, la visión subjetiva de la realidad no suele corresponder a aquella en la que te han hecho creer, por lo que terminas rebelándote contra los que te han vendido esa falsa verdad. Tomemos como ejemplo el mito de la caverna de Platón: los seres humanos confinados en la caverna no eran personas, pues no podían decidir libremente qué era lo que veían, lo que querían ver, y las conclusiones que de ello podían obtener. Sin embargo, aquel que salió de la caverna, que se liberó de las cadenas, que consiguió conocer otra verdad y pudo decidir libremente cuál era la verdad en la que deseaba creer, aquel sí que llegó a ser persona. Le causó dolor en un principio admitir la nueva realidad, pero sus ansias de ser persona superaron el miedo al dolor y consiguieron liberarlo de la falsa verdad impuesta. De esta manera estamos llegando a un concepto acuñado por Marx, el de la alienación. Tal y como le sucede al sujeto del mito de la caverna, los seres humanos, para ser personas, han de liberarse de la condición impuesta por la clase dominante, y han de hacerlo mediante aquello que produce dolor, por su consecuente desarraigo con las creencias tomadas siempre como verdaderas. Sin embargo, y aunque nos pese, esto que nos produce dolor es propio del ser humano como ser racional, y son las únicas herramientas naturales que poseemos para descubrir nuestra propia verdad y con ello llegar a ser personas libres, valga la redundancia. La alienación se basa en la aceptación de la condición impuesta, la falta de interés por llegar a ser personas. Pero, según creo, la capacidad de llegar a ser libres es inherente al ser humano, por lo que el que no lucha es porque no quiere.

Debemos hablar ahora de la otra parte en conflicto, la clase dominante. Es ella la que posee las herramientas artificiales para evitar el dolor y hacernos creer que somos libres, es ella la que nos aliena. Los seres humanos, como he dicho antes, buscamos protección frente al dolor, y es la clase dominante la que nos la ofrece al mismo tiempo que fortalece nuestro miedo al dolor. Veamos cómo lo consigue.

Pongamos como ejemplo un atentado “terrorista”. Euskadi Ta Askatasuna, sin ir más lejos. Esta organización nació con el objetivo de liberar al pueblo vasco en clase y nación. Para ello, se dotó de dos frentes de actuación: el político y el militar. Surgida durante un período en el que el estado español sufría el gobierno dictatorial de Franco hasta nuestros días. Desde que E.T.A. empezó a actuar, se ha visto criminalizada por el gobierno español, tanto el fascista antiguo como el pseudofascista actual. Se han utilizado los medios de comunicación para ello, dotando al gobierno de un método de difusión enorme, con el que alcanza a alienar, como he dicho antes, a la mayoría de la población. Gracias a ello, cuando la banda ha cometido un acto “terrorista” el gobierno ha condenado la acción frontalmente, sin tapujos. Ha ilegalizado su brazo político. Y, seguidamente, ha dado caza a numerosos etarras o ha descubierto zulos en diversos territorios. Con este acto de seguridad demuestra que puede proteger al pueblo, lo mantiene alejado de los males causados por E.T.A. Sin embargo, ¿de dónde surgen tantos etarras y zulos en tan poco tiempo? ¿Por qué, si parecía tan fácil apresarlos, no se ha hecho antes? He aquí una de las maneras de aterrorizar al pueblo: manteniéndolos a la incertidumbre mientras a ellos no les interese. Pura demagogia.

Así es como se logra mantener alienado al pueblo. Y llegando a este tipo de conclusiones es como un ser humano puede alcanzar la categoría de persona, o, lo que es lo mismo, la libertad. Hemos de afrontar lo que nos hace daño, enfrentarnos a él de manera directa, comprender que el miedo al dolor es algo necesario, es algo a superar. Sí, ha llegado el momento de liberarnos, de no permitir que nos usen, que nos aterroricen, que nos usen en pos de sus intereses. Y cuando todo el mundo haya llegado a la misma conclusión, podremos hablar de un mundo libre.

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