why I fight?

19 febrero 09

Dos cuerpos, dos bocas, demasiados dedos intercambiando caladas con destino a ninguna parte. Entrelazadas con el humo se escapaban las palabras, resultaba complicado averiguar dónde acababa una y empezaba la siguiente, se descolgaban sílaba por sílaba de aquel balcón pendiente de la mole de ladrillos que abatía las miradas, desgranaban las vocales en las esquinas de aquella calle gris y gigantesca, fría aún siendo hija del agosto, reemplazado el sol por la insultante luz de las farolas. La conversación versaba sobre las creaciones de éste y aquel, acerca de cómo seducir a las musas y encadenarlas al vago atisbo de inspiración que siempre acababa siendo un desvarío inconcluso, soñado mientras las distancias entre el papel y el boli abren paso a la brecha desganada de los suelos de baldosas.

Se oyeron unos tacones, camuflados en la oscuridad de la noche. Sonaban quebrados, sonaban a llanto, a derrota, a caída sin remedio en el abismo de la vida. Las palabras, que seguían susurrando ecos por los rincones del empedrado, toparon con las piernas de aquella ajada mujer, y se enrreligaron en sus medias de rejilla, dejando escapar suspiros por entre los agujeros enganchados, cuya nada quedó atrapada en la huida de aquella, supuestamente, maldita cama. Suponían, pues, aquellos miserables poetas, que su musa de aquella noche estaba derrotada y golpeada por la injusticia.

Ascendían hasta sus oídos los débiles sollozos que la desdichada intentaba reprimir, a fin de no perturbar la serenidad que imponía la luna, que se adivinaba tras los bloques de viviendas a los que acudía cada mañana, con el fin de limpiar las casas de los que no tenían tiempo ni para recoger sus trapos sucios antes de que ella llegase. Se sentía tan ridícula con aquel billete de veinte escondido en la manga; la boca avergonzada del sabor a humillación que, poco a poco, había eliminado hasta sus propios principios; el corazón deshecho entre los pechos y las piernas destrozadas por aquella vida de supermercado nocturno, abierto hasta el amanecer.

Se encendió un cigarro, nerviosa, no le quedaba ni un gramo que le ayudase a respirar.

Reparó, al bajar la vista, en que su escotada camiseta, desgarrado un tirante por la brutalidad de su agresor, se encontraba salpicada de sangre, así como la minifalda vaquera, remendados los bolsillos de tantas noches esperando en un miserable banco. Se teñía de roja su alma al mismo tiempo que sus manos, y sus ojos se escondían, escondían en su mente las siete puñaladas que le había asestado a aquel animal en celo que había intentado violarla.

“Sí, eres una puta, pero ante todo eres una mujer, tienes derecho a defenderte de esos cabrones, lo sabes, tranquila, nadie tiene por qué enterarse, era otro putero asqueroso que necesitaba una zorra que le hiciese lo que no le hacía su mujer, nadie lo echará en falta, era un cerdo, se lo tenía merecido, no te preocupes, no pienses, no sigas, no despiertes”.

Llorando sangre se incorporó de nuevo sobre sus tacones, y decidió no mirar ya hacia atrás. Puta, asesina y drogadicta. Socialmente rechazada. Pero más mujer que cualquiera de esas desgraciadas que dicen saber lo que es una injusticia.

Los poetas, ya totalmente colocados, observaban a la mujer alejarse poco a poco en el silencio. “Fíjate bien en soledad su compañera…” murmuró el inconsciente.

 

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