Naturaleza descriptiva.

15 febrero 09

Despertó sobresaltada. Recordaba el sueño que había tenido, y lo refrescó mientras bebía un poco de agua. Miró el reloj. 03:47. “Joder, las cuatro de la mañana…”, pensó.

Sabiendo que no conciliaría el sueño inmediatamente se levantó, cogió un cuaderno y un lápiz y se dispuso a dibujar la estancia en la que se desarrollaba la acción de su pesadilla.

Era una sala grande y de forma aparentemente circular. Estaba dividida por el centro, por una concatenación de arcos de los que colgaban unas telas de color burdeos, llenas de polvo y totalmente abandonadas.

Se encontraba en el principio de la sala, justo al entrar por la puerta. Había una serie de sillones de aspecto antiguo colocados en torno a una mesita de café, aunque tenía el ligero presentimiento de que en cuanto dejase su peso sobre cualquiera de ellos chirriaría de puro dolor. Seguía de pie.

Encima de los sillones había un gran cuadro que representaba una escena de ¿lucha?. A pesar de no apreciarse los detalles, saltaba a la vista que era un lienzo conocido, aunque prefería no hacerse conjeturas sobre la autoría de la obra.

Cuando giró un poco la cabeza se sobresaltó. Sin embargo, lo típico que ocurre en estas situaciones es toparte con un espejo. Pues bien, había un espejo de aspecto bastante antiguo, apoyado en el suelo y con dos metros de alto. El marco era de madera, aunque estaba pintado con un desvaído color dorado que le daba quizá un aspecto bastante más agraciado. Contempló su reflejo, vio que la palidez que mostraba su cara era excesiva, y que además iba descalza, de lo que todavía no se había percatado. Su reflejo estaba temblando, aunque ella no lo sintiese de la misma manera.

El suelo de mármol negro brillaba de manera inquietante, teniendo en cuenta que la débil luz de la luna en aquella noche brumosa no podía alcanzar el interior de la sala. Miró hacia el otro lado de esos arcos y advirtió que todo el semicírculo que componía su pared era una cristalera.

Observó los cortinajes que cubrían las ventanas, raídos y carcomidos por las polillas que seguramente hacía mucho tiempo se alimentaban de ellos. La blancura que antaño los habría hecho reflejar la luz del sol se intuía únicamente porque el degradado natural de este color era el amarillento desvaído que los teñía.

Era complicado para ella dibujar las cortinas, se le antojaban fantasmas huidizos que translucían los secretos que una vez confiaron los muchachos de la casa a las paredes. Concluyó, por tanto, que las cortinas serían ligeros trazos en la historia, no quería seguir dibujando cortinas.

Pero eran esas cortinas las que, de modo indirecto, dotaban a la estancia de una altura inimaginable, ya que las columnas retorcidas que sustentaban el techo se perdían en la oscuridad y dejaban sitio a la imaginación para ver miradas oscuras y tenebrosas acechando desde las alturas. Eso le recordó el espejo entre el cielo y el mar, sólo que visto en negro parecía mucho más siniestro.

Tenía el escenario a grandes rasgos, su memoria a las cinco de la mañana dejaba mucho que desear, así que lo dejó y se dispuso a seguir durmiendo. No obstante, se dijo que por la mañana retocaría los pequeños detalles y reconstruiría los hechos de nuevo.

Tres años más tarde, y desde hacía una semana, había vuelto a recordar lo que parecía haberse borrado para siempre de su mente. La cosa era descifrar el misterio que la acosaba desde aquella desangelada sala, y estaba dispuesta a despertarse todas las noches para dibujar si eso servía para algo.

(…)

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