Consúmeme.

15 febrero 09

Caminaba con la seguridad del que sabe que lo están mirando, aparentemente distraída, la cara alzada, observando al resto de la gente y sacando mis propias teorías acerca de cada individuo que pasaba a mi lado. Sabía que provocaba cierta desconfianza, y me encantaba jugar a desafiar a los inconscientes que se atrevían a mirarme directamente a los ojos. Me resultaba divertido el simple hecho de que nadie fuese capaz de sostenerme la mirada. Siempre acababan bajando la vista, gesto de sumisión que me apuntaba como una victoria en mi libreta mental. Me imaginaba el desconcierto, primero, de aquellos a los que desafiaba; y la rabia, después, de ser uno más dentro del rebaño, una ovejita que prefiere esconderse, no sea que el lobo vaya a por ella. Llegado ese punto mi conciencia empezaba a gritarme lo retorcida que podía llegar a ser, pero ya se sabe que los Pepitos Grillos acaban devorados por las mentiras, y que la hipocresía barata que nos es surtida en estos tiempos de salvaje consumismo hace que las miserables desgraciados que se humillan ante mis ojos olviden la afrenta sufrida y retornen al redil del que un día salieron en manada, hijos bastardos todos ellos, fruto de la unión lasciva y repugnante entre el fascismo y el capitalismo, traídos a este mundo entre billetes manchados de sangre inocente y falsas promesas caducadas cada cuatro años. Así pues, mi lástima para con ellos se iba transformando en rabia contra la sociedad, contra el sistema. Ya no los veía como víctimas, sino como verdugos. Verdugos cuyo cometido era matar de la manera más cruel posible todo rastro de humanidad para sustituirlo por el frío metal de las máquinas y por la oscura inconsistencia del petróleo. ¡Qué asco me daban!

Y, sin embargo, ahí estaba yo, rodeada de todos ellos, viendo corazones por todas partes, parejas, besos y abrazos teñidos de falso amor en un día en el que por mucho que realmente se odiasen se regalaban muestras de cariño, residuos tóxicos de enamoramientos a destiempo. Así nos manejaba el dinero, las ansias de poder, la envidia. Exhibiendo limusinas en el centro de la ciudad para que todo el mundo sepa lo subnormales que pueden llegar a ser lxs descerebradxs de los pijaitas asquerosos. Yo seguía a mi rollo, aunque la mirada de la mujer que portaba el cheque y la mía se cruzaron un leve instante. Me miró con aire de superioridad. En ese momento me ardían las pupilas, sentía un odio instintivo hacia aquella zorra con abrigo de visón, pelo tintado camuflando el paso del tiempo y mejillas inyectadas de mierda corporo-dermoestética. Hice un leve gesto con la boca, torciendo los labios, rechinando los dientes, y la perra de ella agachó la cabeza, mirándome por última vez con un atisbo de miedo mientras yo sonreía malévolamente.

Conseguido, otra zorra para el marcador. Sin embargo, durante todo ese día no sólo había visto tipas de esa calaña, sino que pasó ante mis ojos la flor y la nata de la sociedad actual; resumiendo, doce horas prácticamente desperdiciadas.

Aunque llegar a casa y ver alguien que todavía cree en el amor resulta jodidamente complicado de asimilar; así que…

¡Feliz día de no San Valentín!

 

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