¿Quién?

12 febrero 09

Abrí los ojos.

Intentaba convencerme de que mi última mirada a la realidad me devolvería un poquito de esperanza en el ser humano, aunque el inevitable “que les jodan, lo han conseguido, estoy muerta y nadie va a mover un dedo por mí” resonaba constantemente en mi cabeza.

Nunca me había planteado cómo sería la sensación de morir, y, realmente, me sorprendió. Sí, el dolor físico, en otras condiciones, me habría resultado insoportable, pero el hecho de tener asegurada la muerte me hacía disfrutar de todas las sensaciones, al menos por última vez.

Por otra parte… La mirada, ojos quietos, vidriosa supongo, se había fijado en un punto. Bajo la nitidez del cielo nocturno, formando constelaciones de recuerdos, mi vida entera se plasmaba en apenas un leve segundo, mis venas se llenaban lenta y dolorosamente de melancolía; melancolía que invadía de nuevo mis ojos, y se desbordaba buscando el precipicio de mis labios, agrietados por el frío cortante que empezaba a congelar hasta la última gota de sangre.

La melancolía sabía a sal, había sido necesario morir para descubrirlo.

Notaba como, poco a poco, mi interior se descomponía; fragmentados los pulmones, plomo abrazando el corazón, un amasijo de vida que huía entre los recovecos de la herida. Mientras lloraba por mi suerte, me invadía el asco, la repulsión hacia mí misma por estar disfrutando de mi propia muerte.

“Mi, mi, mi, mi…”, estaba pensando en primera persona, todo se repetía, todo por lo que había sufrido y había deseado no recordar, todo se repetía.

Pero era mi último momento conmigo misma, no podía desperdiciarlo, no podía morir sin saber realmente quién era, la obsesión por conocerme a mí misma estaba tocando a su fin, era la última oportunidad de buscar en mi vida algo que realmente valiese la pena.

Seguía absorta en mis pensamientos, coordinando a la vez todos mis ínfimos movimientos: intentar mover un dedo, desviar la mirada, respirar… Cada vez era más complicado, iba perdiendo la consciencia, y aún no sabía quién era.

Notaba cómo el aire se perdía entre el ambiente y mis pulmones, odiaba el oxígeno por desaparecer cuando más lo necesitaba; sentía cómo la sangre desgranaba en mis oídos, y odiaba mis venas por no resistir el embate del reloj; me ardía el enorme agujero que la bala había provocado en mis entrañas, y odiaba al hombre por haber creado las armas.

De repente las estrellas desaparecieron, y con ellas mi memoria; también me abandonó el dolor, y con él mi historia; se fue la melancolía, y la vida me supo a vacío; me perdí yo misma, y un último punto de lucidez permitió a mis ojos cerrarse en paz.

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