Con nosotros no podrán.

22 enero 09

A veces, y sólo a veces, cierro los ojos…

Digo sólo a veces porque ahora ya no puedo permitirme cerrarlos todo lo que quisiera. Siento que la amenaza constante de ser atacada planea ante mí, sobre mí, poniéndome en tensión al más mínimo atisbo de movimiento. Tensión que se traduce en un crujir de puños, en puñetazos rabiosos contra la pared del baño. Peligro silencioso que acecha a la vuelta de la esquina, preparado para clavarte un puñal por la espalda y regodearse en tu sufrimiento. Y entonces la alerta se produce. Un ruido, un sólo ruido basta para que reduzcas tu ámbito de movimiento al diámetro de las pupilas. Localizas la fuente del sonido, te giras y te encuentras unos ojos llenos de odio irracional hacia ti.

Primer contacto físico. Por sorpresa, por la espalda. No esperabas menos. Sabes lo que viene después, así que alzas la mirada, te mantienes firme; te metes en un juego de sangre fría del que o tú o el adversario no va a salir ileso. Pero la clave consiste en calibrar la medida de las heridas producidas, anticiparse al siguiente movimiento del juego. Si eres inteligente sabrás lo que te conviene. Y, sabiendo que el rival se guía por la ira y los impulsos animales, sales con ventaja.

Lenguas afiladas, cortantes, desafíos en el aire. Parece que intenta retarte, atraerte a su terreno; parece que se controla, pero en realidad está fuera de sí. Tu pulso se ha acelerado, tu mente ha de trabajar rápido para poder hacer frente al adversario. Escuchas lo que te dice, pero permaneces ajena al resto del escenario en el que se está desarrollando la lucha. Cada palabra que pronuncia, cada grito que suelta resuena dentro de tu cabeza, pero te es imposible comprender su razonamiento, por lo que deduces que, finalmente, estabas en lo cierto: has ganado el juego, a partir de entonces todos los movimientos van a ser tuyos, manejando al rival como a una simple marioneta. Respondes a sus amenazas, altiva, orgullosa de tu condición.

Segundo contacto físico. Te ves impulsada hacia atrás. Tus palabras han surtido efecto, el daño ya está hecho. Pierdes momentáneamente el control, te sientes ultrajada, una y no más repites en tu cabeza. Pero alguien se interpone entre vosotros y retomas el control de la situación. Sabes lo que debes hacer. Aprovechas un instante para mirar a tu alrededor. Otra figura está parada dos metros más allá, murmurando entre dientes, contemplando la escena con cara de asco. Y, de repente, sientes que la persona que se había colocado como intermediaria es apartada bruscamente. Vuelves a centrar tu atención. Miras hacia el frente.

Tercer y último contacto físico. Sientes la presión del golpe en la mandíbula, notas como se abre una brecha en el interior debido al contacto entre el metal y la carne. Y entonces sientes el sabor de la sangre. Y te recuerda tanto al de la venganza que sonríes. Caes en la cuenta de que para darte ha tenido que levantar el puño. Y sonríes. Ves cómo se alejan, y cómo la última amenaza corre a cargo del acompañante. Respondes, vacilas, no tienes miedo. Y sonríes de nuevo. Se van, se han ido. Pero cuando vuelvan la venganza estará multiplicada y alimentada por la rabia acumulada, por el recuerdo de todos lxs compañerxs que han sufrido la misma situación. Miras hacia el suelo y ves en en la zapatilla gotas de sangre confundidas con el rojo del spray. “Objetivo cumplido” se escucha en tu cabeza, aunque lo mejor está por venir…

¡Ninguna agresión fascista sin respuesta!

…voy a cerrar los ojos, ahora que tengo un momento.

 

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Una respuesta to “Con nosotros no podrán.”

  1. Shaynne Says:

    Tienes blog, también^^
    Vas a favoritos entonces, no lo dudes


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