Época del desenfreno. I

8 diciembre 08

Recordaba bien la época del desenfreno. Fue tan caótica…

 

Lo primero que se le venía a la cabeza era una especie de sucesión de fotogramas. Sabía perfectamente lo que estaba viendo, pero mientras buscaba las palabras para describirlo sentía cómo el aire no encontraba espacio en sus pulmones, llenos de recuerdos, de imágenes, sonidos, olores… Lo malo es que no sólo eran los pulmones, sino que todo su ser se encontraba en ese momento en una catarsis espiritual que la llevaba lentamente hacia el  nirvana.

De repente, su cabeza empezaba a contarle lo que veía, siempre lo mismo, era una obsesión. Se repetía constantemente. Era al mismo tiempo calor y frío, arriba y abajo, luz y oscuridad. Sentía de repente unas manos que recorrían su cuerpo. Sabía que a partir de ese momento dejaba de ser dueña de sí misma y pasaba sistemáticamente al dominio de las pulsiones naturales. Era, pues, una fiera domesticada, a la que dejaba a sus anchas por el territorio que tan bien conocía, a fuerza de noches y noches en vela.

Otra vez iba más rápido el rayo que el trueno, estaba viendo una película muda; y, aunque sólo pudiese captar el movimiento del cuerpo, el recorrido de la lengua o las manos perdidas entre sus piernas, sabía perfectamente que el silencio era el preludio a la locura. Empezaba a ponerse nerviosa, llegaba el final, arriba, su respiración comenzaba a entrecortarse, cerraba los ojos, abría ligeramente la boca, otra vez abajo, sentía su aliento muy cerca de su cuello, susurraba su nombre, una, dos, tres veces, escuchaba cómo le decía lo único que acertaba a escuchar en ese momento, “te quiero” decía, muy bajito, a su oído.

Y entonces notaba cómo se derrumbaba, su cuerpo se partía en dos mitades, una que se quedaba en el mismo sitio, recobrando el aliento, y otra que se subía hasta la misma luna para gritar de placer hacia la inmensidad del cielo. Y en este momento su cabeza tenía dos finales alternativos.

Uno era el bonito, para aquellos días en los que le apetecía dormir con una sonrisa en los labios, que, a pesar de melancólica, seguía siendo sonrisa. En este final se quedaban los dos juntitos, entrelazados en aquel colchón de buenos momentos que había de soportar el peso de tanto amor.

Por otra parte… Sí, por otra parte estaba el final triste, y, desgraciadamente, el real. Un final tan feo y deprimente que se podría reclamar al inútil que escribió el destino que se guardase sus penas para sí mismo. Porque es tan amargo quedarse sola en medio de la nada, a la deriva entre miles de almas en pena…

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