Morir no es necesariamente “acabar de”, sino “empezar a”.

24 noviembre 08

Y mientras volvía en el coche sentía una especie de vacío. Ya había desistido de averiguar de dónde salían esas sensaciones. Se limitó a apoyar la cabeza en la ventanilla y aislarse del mundo. Parecía complicado. Ese cielo tan feo, rojizo como un crepúsculo sangriento, que se había comido una a una todas las estrellas del universo. Sí, era bastante complicado imaginar algo mejor viendo una realidad tan aplastante. Pensó cuánta gente habría en ese momento mirando el mismo cielo, derramando las mismas lágrimas, persiguiendo las mismas metas. Mientras tanto, la banda sonora de su vida seguía corriendo, marcando la escena que le tocaba vivir. Se vio subida encima de la luna, superando el vértigo que siempre le había dado volar demasiado alto. Sabía que era importante no dejar que le cortasen las alas. Y sabía también que siempre habría gente dispuesta a hacerlo. Lucharía por seguir surcando el cielo. Pero decidió que en el mismo momento en el que la derribaran sería ella misma la que vengase su propia muerte. Explotaría en mil pedazos, se fraccionaría cada vez más; ardería para convertirse luego en hielo, cortante como si de una espada se tratara, afilada como la lengua viperina de todos aquellos que la odiaban. Supo que su muerte no sería más que un nuevo comienzo. Estaba destinada a hacer algo grande, aunque ni ella misma lo admitiese.

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